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Cacholopitecus

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Hola Atilio: ¿Cómo estás?. No sé si corresponde que te mande una carta o un Whatsapp, ya no soy el mismo, no sé que corresponde y que no, ni cuándo ni cómo. Paso a explicarte:

Solía tener un Cacholopitecus. Es un bicho de tamaño promedio, parecido a un escarabajo, que (Según mi abuela) se suele encontrar en Malasia. Esa es toda la información que tengo sobre él porque nunca más hable del tema con mi abuela, ella me dijo que eso lo sabe gracias al negro con machete de uno de sus viajes hippies, él se lo regalo. Por cierto ella me lo dio cuando yo tenía solo 3 años, la primera noche de invierno de ese año, que para ella era como navidad. La cuestión es que ese bicho es como una especie de reloj social, marca los tiempos adecuados y los modos adecuados de todo para la sociedad en la que se encuentra. La metodología de acción es la siguiente: Si uno lleva al Cacho (así le digo cariñosamente) cerca del cuerpo todo el tiempo, el te avisa a través de una pequeña picadura en la zona más cercana que tenga (por lo cual no es recomendable tenerla en los bolsillos de los pantalones) en qué momento se debe hacer qué cosa y cómo. La forma en la que uno sabe a qué se refiere cuando te está picando es desconocida, no sé, simplemente cuando él me picaba yo sabía que hacer.

Resulta que hace poco iba en el tren, cual sardina en el plato (¿era así la analogía?) y en el momento que me toca bajar me doy cuenta de que era casi imposible por la cantidad de gente, pero igual con fuerza y coraje pujo para salir. En el medio de la batalla siento que una parte de mi se había ido. Ahí recordé que tenia a Cacho agarrado de los pelos de mi brazo (como soy morocho nunca se notó mucho su presencia, y cuando se notó fue bastante perturbador) y que en uno de esos roces de tren probablemente se había caído. Miro para abajo y ahí estaba. Por un segundo dude si agacharme y pasar como desquiciado o seguir. La realidad es que no podía agacharme, era físicamente imposible. Entonces seguí. Conmigo me traje una angustia inexplicable.

A partir de ese día no se qué hacer, literalmente, no sé qué hacer. No sé en qué momento es correcto levantarse de la mesa. No sé qué debo decir cuando mi novia me pregunta si le queda bien lo que se puso, no sé si es momento de utilizar la sinceridad o el protocolo. No sé cuando decir gracias y cuando de nada (igual noto que a varios les pasa). Me han retado por dormirme arriba del plato de fideos solo porque alguien había dicho que un político: “Era un descanso” por lo que automáticamente sospeche que esa frase tenía que ver con dormir, pensé que ese era el momento y yo estaba, otra vez, desubicado comiendo fideos. No sé en qué momento se debe saludar a la gente, si cuando llego, cuando me estoy aburriendo o cuando me voy. Siento que estoy aplaudiendo mal en las obras de teatro porque la otra vez me echaron a la mitad de la parte más tensionante.

En fin, esto es estresante, no sé si el hecho de haberme criado siempre con la ayuda del Cacholopitecus hizo que no necesite aprender por mi mismo las reglas sociales, si mi abuela era una visionaria que notó que yo nunca iba a adquirir esa capacidad o si todo el resto de las personas tienen un Cacho que no perdieron y hay como una especie de pacto secreto de no decir que se lo utiliza (yo nunca lo pregunté porque sinceramente siempre pensé que era raro y nadie lo comprendería).

Por favor te pido, ayudame a creer que sé que tengo que hacer, otra vez.

 

 

LUCIANA SOFÍA FREGA

Intersecciones PSI 

Revista Electrónica de la Facultad de Psicología - UBA 

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